Comparto con ustedes un cuento que escribí hace tiempo en el marco de un taller de escritura. Desde hace mucho, desde mis 12 años que escribo cuentos y poesía. Me parece necesario desarrollar el arte de contar historias, así como el rescate de la poética en la vida, porque como dicen por ahí: donde abunda la prosa falta la poesía y a la vida en nuestra sociedad actual le falta poesía.
Este cuento que libero al espacio hoy, utiliza la técnica del flujo de conciencia como enseña William Faulkner en Mientras agonizo.
Sirvió como ejercicio, y me gustó como quedo. Simple, me gustó (punto).
Espero le guste a alguien mas…
39
Bullicio…y de repente, llovizna.
Comprobó que tenía dinero. Y entró. Se sentó sobre la ventana y contempló la avenida. El agua comenzaba a rebotar con furia sobre la vereda. Todos apuraron el paso.
Así entró a aquel bar , con sus zapatos rojos y un vestido floreado que se adhería a su figura. Sacudió su cabello y se sentó en una mesa frente a la de él. Tendrá unos 30 pensó, y se quedó mirándola.
El bullicio crecía y se mezclaba con los olores propios del lugar.
Pidió un café y siguió atendiendo a las piernas de aquella mujer.
Podría forzar un encuentro, pensó. O quizás esperar que me mire y allí… Pero prefirió librar al destino la decisión.
¿Fallaría?
Entró con un diario debajo del brazo, tapándolo de la lluvia con su sobretodo oscuro y se dirigió a la mujer.
Le habló de pie, sin levantar el tono. Ella sonrió.
Sólo leyó un “Sí” de sus labios y los siguió a ambos con la mirada, mientras salían del Bar.
Alguien detrás cerró un diario, lo dejó sobre la mesa y salió rápido detrás de la pareja. Su pasó sólo dejó un olor a tabaco intenso.
Siguió con atención el recorrido de aquellas piernas coronadas de flores y rojo.
Vió acercarse el 39 y fue el telón que culminó la obra.
Terminó su café , dejó las monedas sobre la mesa y observó la borra, como intentando descifrar aquel oráculo.
-¡Mierda!, dijo y se fue.
Resignación.
Desde que entré al bar no separaba su vista de mis piernas y mi escote. ¿Pero de hablarme? Nada.
Recuerdo esa tarde porque esperaba su reacción, que demostrara tener eso bien puesto. En cambio, sólo observaba como si no me conociese.
Me debatía entre hablarle, hacerle una seña que lo invitara a acercarse, o responder con lo mismo, es decir: Nada. Pero sabía que forzar un encuentro no serviría para nada.
Eso hice: ¡Nada!
Jamás saboreé tan amargo un café.
En el fondo ansiaba escuchar esas palabras suyas al verme en aquella primera cita con este vestido floreado y mis zapatos rojos de medio taco . Ese “Te amaría aquí mismo sobre la mesa y delante de todos” ante el que cualquier mujer como yo se sonrojaría sin poder dominarlo. Pero nada.
El tiempo pasó y afuera apenas lloviznaba. Lo mas que pude observar sin que mi mirada chocara con la suya fue la larga cola esperando el 39.
Podía sentir su perfume, el mismo de aquel día. Parecía que él también hubiera querido evocar nuestro primer encuentro.
El tiempo pasó entre los sonidos de la lluvia, los pedidos, la máquina express, y algún diario.
Pronto llegó Ricardo. Se acercó , y diciendo con su mirada “Te lo advertí , sigue siendo un idiota”, me preguntó si me bastaba. Sin dudarlo dije “¡Si!”. Me levanté y nos retiramos bajo la lluvia.
En frente, bajo la garita, la gente se había amontonado a la espera del 39. Nos sumamos al final con la suerte de una muy corta espera. Pronto se me perdió su mirada al llegar el colectivo.
Nunca mas supe de él.
Y lloré.
Sólo por un idiota.

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